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Kim, Kaan, Roel, Yohan, Claudio, Fernando, Masaharu.
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capítulos 01
Si no te enfrentas a tus problemas, ellos te seguirán dondequiera que vayas.
Claudio
capítulos 02
Estudié Moda.
Ahora estoy intentando cambiarla.
Kim
capítulos 03
Al final decidí darle
una oportunidad a mi ciudad.
Kaan
capítulos 04
Si quieres ser feliz,
prepárate para sacrificarlo todo.
Fernando
capítulos 05
Gracias a mis aspiraciones pude superar mis miedos.
Hyoungtae Yohan
capítulos 06
Si quieres vivir de tu pasión,
debes convertirla en tu profesión.
Nicoletta
capítulos 07
El mejor día para
empezar algo es ayer.
Roel
capítulos 08
Trabaja de forma
inteligente para trabajar menos.
Masaharu
capítulos 09
Superé las dificultades esforzándome más.
Ibby
capítulos 010
Yo soy el único dueño de mi destino.
Jakub
Si no te enfrentas
a tus problemas,
ellos te seguirán
dondequiera que vayas.
La historia de Claudio Pelizzeni
Claudio Pelizzeni

Después de dejar atrás su empleo en un banco, Claudio emprendió un viaje de 1000 días alrededor del mundo con el reto añadido de no tomar aviones. En su blog «TripTherapy» explica cómo la diabetes, el escepticismo de sus amigos y las comodidades de la vida urbana no frenaron su deseo de viajar.

Esta es la vida
que siempre soñé.

Me encuentro a 2000 metros sobre el nivel del mar, recién llegado de una excursión al Himalaya con un grupo de italianos. En la actualidad, mi trabajo consiste en ayudar a quienes desean vivir una experiencia de viaje auténtica, en contacto con la cultura local, a través de rutas que un operador turístico tradicional no puede ofrecer: exploramos Islandia, cruzamos Vietnam, incluso seguimos las rutas migratorias de los nómadas bereberes.

Sin embargo, hasta hace cuatro años vivía en Milán y trabajaba como Gerente de Relaciones con Pequeñas Empresas en un banco.

Tenía un buen trabajo, una buena casa, una novia... pero nada que me hiciera sentir vivo.

Me di cuenta de ello el 27 de octubre de 2013. Estaba en el tren rumbo a casa cuando el atardecer de ese día otoñal me obligó a apartar la vista de mi teléfono móvil.

A lo largo de mi vida he visto puestas de sol mucho más impresionantes, pero inmediatamente me di cuenta de que esa era especial.

Comprendí que, si quería ser feliz, todo tenía que cambiar.

Fui consciente de que los únicos momentos en que me sentía yo mismo eran aquellos en los que estaba de viaje, y que eso es lo que debería haber hecho con mi vida. Contar historias, tomar contacto con nuevas culturas y viajar.

Cuando decides dar un salto de este calibre nada es seguro, excepto tu convicción de que finalmente has tomado el camino correcto.

Tienes que aferrarte a esa certeza. Mi familia, mis amigos, mis superiores... todos se mostraron escépticos ante mi decisión. La parte más difícil fue convencerlos de que no se trataba ni de una decisión impulsiva ni de unas vacaciones. Era una proyecto: 1000 días de viaje por el mundo en los que cruzar 44 fronteras, desplazándome solo por tierra y por mar.

Entendía perfectamente sus preocupaciones. En un viaje de este tipo puedes toparte con las personas equivocadas, perder el tiempo, ser víctima de la pereza o incluso dejarlo correr. Pero yo sabía dónde quería ir.

Ya desde el principio,
este proyecto fue más
exigente que un trabajo.

Además de viajar, cada día tenía que escribir artículos para mi blog, grabar vídeos y hacer fotos.

Entre un cruce oceánico a bordo de un buque de carga y una parada en Marruecos también pude terminar mi libro, que quería escribir durante esos 1000 días para capturar las vibraciones del viaje.

«L’orizzonte ogni giorno un po’ più in là», difundido inicialmente a través de la autoedición, logró en poco tiempo atraer la atención de una gran editorial italiana.

Mi trabajo anterior ha resultado ser de utilidad en los aspectos comerciales, como en la relación con los editores o con los creadores del documental sobre mi historia. Pero a parte de eso, tengo la impresión de haber desperdiciado 10 años de mi vida.

En la vida no hay nada peor que las despedidas.

Las relaciones son lo más emocionante que puedes construir durante un viaje, pero también son lo que te desanima a volver a partir.
Al principio tuve que dejarlo todo atrás, incluida mi pareja. Me esperaba un viaje en solitario. No podía hacerme cargo de los sueños de otra persona, especialmente si pertenecía a esa parte de mi vida que ya no funcionaba.

Viajar ha cambiado mi modo de ver y vivir las relaciones. En Brasil conocí a una chica, con la que viví una historia importante. Viajamos juntos durante un par de meses, unos meses increíbles, que fueron más intensos aún por el hecho de que ambos sabíamos que iban a terminar. Me planteé interrumpir mi viaje, pero comprendí que, de haberlo hecho, hubiera tenido que vivir con el arrepentimiento de haberme detenido.

No me atrevería a decir que para ser feliz tienes que dejar tu trabajo e ir a explorar el mundo. Pero hay momentos en la vida en que nos encontramos ante una encrucijada y tenemos que elegir qué camino tomar.

En estos momentos, es vital hacerse las preguntas correctas. Hay que tener el valor de mirar dentro de uno mismo, ser honesto y preguntarse qué es lo que realmente nos hace felices.

Personalmente, mi dosis de equilibrio y sinceridad conmigo mismo la encuentro en contacto con la naturaleza.

La naturaleza es una buena consejera: cuando observas la inmensidad del Himalaya te das cuenta de lo pequeños que somos, y de lo insignificantes que son nuestros problemas. Ante una visión de este tipo, todo toma mayor perspectiva.

No puedo volver a un trabajo de oficina después de haber vivido durante dos meses en una tienda de campaña en la Patagonia.

Si un día decido parar y establecerme, tal vez en cuatro o cinco años, será en un lugar en el que reine la naturaleza. El dónde no importa. He ampliado tanto mi zona de confort, que ahora me siento como en casa en cualquier parte.

A día de hoy, para estar bien me basta una conversación agradable frente a una taza de café.

De momento mi mochila sigue siendo mi mejor compañera de viaje. Durante tres años he logrado dar cabida a toda mi vida en esos 18 kg. De vez en cuando la miro y me digo: vamos, es hora de ponerse en marcha otra vez.

No creo que haya nada que pueda detenerme.
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